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MINISTROS DE LA MISERICORDIA

¿En qué se basa un sacerdote para reconocerse como ministro de la misericordia sino en la misericordia misma que recibe de Dios para desbordar? El Magisterio del Santo Padre, el Papa Francisco, insiste, por resumirlo en unas palabras, en que “[los sacerdotes] somos ministros de la misericordia de Dios gracias a la misericordia de Dios”. (Cf. Discurso del Santo Padre Francisco durante la Audiencia general del 19 de febrero de 2014). Profundizaremos en qué sentido el sacerdote es ministro de la misericordia en la enseñanza del Papa Francisco, sobre todo en discursos a sacerdotes referentes al sacramento de la Reconciliación.

Comencemos con una comparación: en el cuidado de los bienes culturales encontramos la tarea de la restauración. El término restaurar se compone del sufijo “re” que significa una acción de repetición como reiterar, reinserción o renovar y del verbo “stare” que significa estar en pie, de ahí viene estatua. El arte de restaurar es el arte de volver a poner en pie. En varias ocasiones, en los evangelios, el Señor Jesús ayuda a las personas a ponerse en pie: sobre una niña dijo: “¿Por qué se alborotan y lloran? La niña no está muerta, sino que duerme”. Y se burlaban de él… la tomó de la mano y le dijo: “Talitá kum”, que significa: “¡Niña, yo te lo ordeno, levántate!”(Mc 5, 40-41); el Señor Jesús sana a un paralítico, le dice “levántate, toma tu camilla y vete a tu casa” (Mt 9,1-8), esto lo hizo para que supieran que tenía potestad en la tierra para perdonar pecados; al hijo de la viuda de Naím le dice “Joven, a ti te digo: Levántate. El muerto se incorporó y se puso a hablar…” (Lc 7,11-17). Si el Señor Jesús en su ministerio consideró importante el volver a poner en pie a las personas, es decir, restaurarlas, es porque tenía el poder de Dios que levanta y vivifica, es porque es el Restaurador del género humano, es más, porque con su muerte destruyó nuestra muerte y resucitando nos dio nueva vida. Con su Resurrección aniquila aquello que se ha sobrepuesto a nuestra naturaleza originaria y buena, nos reintegra, nos pone en pie, nos restaura a todo el género humano. Más aún, participa a algunos de sus discípulos un poder que le hará posible perpetuar su obra salvífica en el tiempo y en el espacio, se trata de la participación de un poder que se expresa en la misericordia y que se llama “perdón de los pecados”, en efecto, el Resucitado le dice a sus discípulos “A quienes perdonen los pecados les quedarán perdonados y a quienes se los retengan les quedarán sin perdonar” (Jn 20,23). Son los ministros de la nueva alianza los portadores de la misericordia de Cristo restaurador.

Volviendo a la imagen de los bienes culturales, y refiriéndonos de manera específica al arte sacro, constatamos que el fin de dicho arte es la adoración. Restaurar, para poner en pie una escultura, una pintura o un retablo, tiene como fin último el culto divino. De manera semejante el que el hombre sea vivificado por la misericordia divina tiene como fin dar gloria a Dios. Por ello dice San Ireneo que “la gloria de Dios es el hombre viviente”, ¿quién es el hombre viviente? El que ha dejado desarrollar, en sí, la vida nueva recibida en el bautismo y en la penitencia como sacramentos de la única Restauración de Cristo en su pasión, muerte y resurrección.

¿Cómo hacer presente este acto restaurador de Cristo a través del ministerio sacerdotal?

El magisterio del Papa Francisco ofrece criterios inspiradores para la praxis de los ministros de la misericordia.

1. “Celebrar el sacramento de la Reconciliación significa ser envueltos en un abrazo caluroso: es el abrazo de la infinita misericordia del Padre”.

Solo experimenta este abrazo caluroso quien cuando va a confesarse busca sanar, curar su alma y sanar el corazón sabiendo que no puede perdonarse a sí mismo, sino que requiere del perdón de otro y por ello en la Confesión se le pide el perdón a Jesús. El perdón no es fruto del esfuerzo personal sino es un don del Espíritu Santo que purifica con la gracia que brota del corazón abierto de Cristo crucificado y resucitado. Solo, quien se deja reconciliar con el Señor Jesús, con el Padre y con los hermanos, obtendrá el fruto de la paz. Solo el ministro que se deja envolver en un abrazo caluroso, el abrazo de la infinita misericordia del Padre, sabrá ser signo de este abrazo entre la miseria humana y la misericordia de Dios que se celebra en el sacramento de la confesión (Cf. Discurso del Santo Padre Francisco durante la Audiencia general del 19 de febrero de 2014).

2. ¿Qué significa misericordia para los sacerdotes?

Sabiendo que el sacerdote, como pastor, debe dar mucha misericordia, es necesario que el ministro de la misericordia se cuestione acerca del significado de la misericordia. La respuesta a la cuestión está en Jesús quien es el Rostro de la misericordia. Jesús estaba muy a menudo por los caminos y dispuesto a encontrarse con la gente, viendo a la multitud experimenta la actitud interior de la compasión porque estaban como ovejas sin pastor, quiere salvar estas ovejas de la ignorancia enseñándoles, instruyéndoles; pero también quiere curar a la oveja herida y poner en pie a la débil. “Nos corresponde a nosotros, los ministros de la misericordia –dice el Papa- mantener vivo el mensaje de la misericordia divina, a través de la predicación y en los gestos, en los signos, en las opciones pastorales, por ejemplo la opción de restituir prioridad al sacramento de la Reconciliación, y al mismo tiempo a las obras de misericordia”. Pero, ¿Qué significa misericordia para los sacerdotes? Significa ver a las personas con compasión, como Jesús las miraba; estar llenos de ternura hacia la gente, como Jesús, especialmente hacia las personas excluidas, es decir, hacia los pecadores, hacia los enfermos de los que nadie se hace cargo. Significa proximidad y servicio, buen modo para acoger, para escuchar, para aconsejar y para absolver; todo esto se deriva de haberse dejado abrazar por Dios él mismo en la Confesión. “Si uno vive esto dentro de sí, en su corazón, puede también donarlo a los demás en el ministerio”, puede donarlo, sobre todo, a la gente herida por las falacias del mundo. “Misericordia significa ante todo curar las heridas”. Además, “Misericordia significa ni manga ancha ni rigidez”, para ello, la sana doctrina moral debe ir acompañada siempre de la misericordia. “El sacerdote verdaderamente misericordioso se comporta como el buen Samaritano”. El ministro de la misericordia llora ante el sufrimiento humano, ante la destrucción de la familia, ante las personas desorientadas; se acerca, se hace prójimo, abre su corazón, se deja conmover, y traduce estos sentimientos en acción concreta (Cf. Encuentro del Santo Padre con los sacerdotes de la diócesis de Roma, 6 de marzo de 2014).

3. El protagonista del ministerio de la Reconciliación es el Espíritu Santo.

El ministro de la misericordia, en el Sacramento de la Reconciliación, ha de tener conciencia clara de que él mismo no es el protagonista sino el Espíritu Santo. “El perdón que el sacramento confiere es la vida nueva transmitida por el Señor Resucitado por medio de su Espíritu”. Por tanto, los ministros de la misericordia están llamado a ser “hombres del Espíritu Santo”, cuya tarea es transmitir una vida nueva, la vida del Resucitado. Por tanto, se espera de él mucha disponibilidad para que los fieles sepan cuándo pueden encontrar a su pastor en el confesonario. (Cf. A los participantes del Curso anual sobre el fuero interno, 28 de marzo de 2014).

4. Los sacramentos son el lugar de la cercanía y de la ternura de Dios por los hombres.

El sacramento de la Reconciliación, de manera especial, hace presente el rostro misericordioso de Dios que perdona todo y siempre, es decir, no hay pecado que Dios no pueda perdonar, a no ser que alguien se aparte de la misericordia de Dios. Este don de Dios descubre tres exigencias que el Papa pone de relieve: 1) vivir el sacramento como medio para educar en la misericordia: esto significa “ayudar a nuestros hermanos a experimentar la paz y la comprensión humana y cristiana”. Por tanto, la confesión no debe ser una “tortura”, ni convertirse en un pesado interrogatorio, fastidioso e indiscreto, sino encuentro liberador y rico en humanidad, a través del cual se puede educar en la misericordia; 2) dejarse educar por lo que se celebra: esto significa dejarse edificar por los penitentes que viven una auténtica comunión personal y eclesial con el Señor y un amor sincero a los hermanos. También sucede que el confesor se convierte en testigo de verdaderos milagros de conversión en el sacramento del perdón pudiendo acoger a los hermanos arrepentidos con el abrazo de bendición del Padre misericordioso. Esto lleva al sacerdote a aprender de la conversión y del arrepentimiento de los hermanos y lo impulsa a abrirse a la conversión. 3) custodiar la mirada sobrenatural: significa que, mientras se escuchan confesiones sacramentales, hay que tener siempre la mirada interior dirigida al cielo reavivando la conciencia de que no se ejerce el ministerio por mérito propio, ni por propias competencias sino por haber sido constituidos como ministros de la reconciliación por pura gracia de Dios, más aún, por misericordia. (Cf. Discurso del Santo Padre Francisco a los participantes en el curso sobre el fuero interno organizado por el Tribunal de la Penitenciaría apostólica, 12 de marzo de 2015).

5. Experimentar la grandeza de la misericordia, fuente de auténtica paz interior.

La vía cierta de la misericordia es Jesús, quien tiene “el poder sobre la tierra de perdonar los pecados” (cf. Jn 20,21-23). “El sacramento de la reconciliación es, por lo tanto, el lugar privilegiado para experimentar la misericordia de Dios y celebrar la fiesta del encuentro con el Padre. Nosotros, con mucha facilidad, olvidamos este último aspecto: voy, pido perdón, siento el abrazo del perdón y me olvido de hacer fiesta”. El mismo confesor, es un pecador, necesitado de perdón, destinatario de la misericordia de Dios, de la cual es instrumento. Cada absolución trae consigo un jubileo del corazón, porque “habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión” (Lc 15,7). (Cf. Discurso del Santo Padre Francisco a los participantes en el curso sobre el fuero interno organizado por el Tribunal de la Penitenciaría apostólica, 4 de marzo de 2016).

Los ministros de la misericordia podrán ser instrumentos de misericordia si experimentan la alegría de saberse reconciliados por Dios. Sólo transmitiendo una experiencia verificable podrán decir “haz la prueba y verás que bueno es el Señor” o lo que es lo mismo “en nombre de Cristo les pedimos que se reconcilien con Dios”. Cristo Restaurador, a través de sus ministros, sigue restaurando al hombre con el bálsamo de la misericordia.

Mons. Carlos Enrique Samaniego López.
Lic. en Teología Dogmática y Derecho Canónico
Arquidiócesis de Tlalnepantla

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