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FAMILIA Y EVANGELIZACIÓN

Doctor en Filosofía y Licenciado en Teología
Centro Sacerdotal Logos

En las siguientes líneas presento un sencillo comentario al capítulo IV de la Relación final del Sínodo de los Obispos del pasado octubre 2015 sobre este tema (nn. 87-93), el cual, a mi parecer, se ha afrontado de manera excelente, pues, antes que nada, habla del presupuesto necesario para que una familia sea de verdad ‘evangelizadora’. Es decir, antes que nada ello supone que existe una “espiritualidad familiar”, la cual hace posible que la familia sea de verdad no sólo ‘objeto’ sino “sujeto de la pastoral”. Sólo entonces la familia cristiana, evangelizada y evangelizadora, puede entrar en “relación con las culturas y las instituciones”, pues tiene mucho qué ofrecer a éstas; es más, como ha insistido el Magisterio con los últimos Papas, la familia es “la célula fundamental” de la sociedad misma, además de serlo para la Iglesia. Sólo así, siendo consciente de sí misma y de su centralidad en el mundo, la familia puede ser considerada -y considerarse a sí misma- en su necesaria “apertura a la misión”. Sólo así la familia es auténticamente humana; sólo así puede ser auténticamente cristiana. Comentemos, pues, brevemente, a continuación cada uno de los cuatro apartados del capítulo.

  1. La espiritualidad familiar

En un primer momento, este capítulo de la Relación final del Sínodo hacer ver que la familia es un verdadero “tesoro” para la Iglesia y el mundo, y citando a San Pablo anota que se trata de un tesoro que llevamos en “recipientes de barro” (2 Cor 4, 7). Después recuerda el hecho de que, como todas las realidades humanas, también ella está herida por el pecado original y sus consecuencias. Y retomando algo que el Papa Francisco ha repetido en diversas ocasiones, muestra cómo la vida de la familia se nutre -se ha de nutrir- de cosas y detalles concretos en el día a día del hacerse y del quehacer de la familia en sus múltiple relación interpersonal. Se refiere, en efecto, a aquello que decía el Santo Padre en la Audiencia general del 13 de mayo de 2015, de cómo en el “pórtico de entrada” de la vida familiar están tres palabras, tan ordinarias y sencillas como importantísimas en su alcance, y que son: “permiso”, “gracias” y “perdón”. En efecto, son ya varias las ocasiones en que el Papa nos recuerda esto. Y es que, si uno lo analiza, en realidad dichas palabras encierran un poco todo: la enseñanza, la educación y la formación del ser humano en los diversos ámbitos de su hacerse humano, base para el convertirse en cristiano.

Santo Tomás, quien es y sigue siendo el gran maestro de la cristiandad, tanto como filósofo como teólogo, enseña que la gracia ni anula ni sustituye a la naturaleza, sino que la eleva. La vida de familia está hecha, pues, de cosas sencillas, simplemente humanas, antes que de cosas sublimes, sobrenaturales; aunque también es verdad que ya en simplemente humano, en lo verdaderamente humano, está ya en raíz lo sobrenatural, dado que hemos sido creados “a imagen y semejanza de Dios”. En ese sentido, es oportuno aquí recordar lo que enseña el Concilio Vaticano en la Constitución Pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual, cuando dice que “no hay nada verdaderamente humano que no tenga eco en su corazón”, refiriéndose a la Iglesia. Por lo demás, se trata de una convicción profundamente arraigada en todo el pensamiento de san Juan Pablo II, ya subrayada con fuerza desde su primera carta encíclica Redemptor hominis, es decir: todo lo verdaderamente humano es cristiano y todo lo verdaderamente cristiano es humano. Y quizás sea más que una feliz coincidencia que precisamente el Vicario de Cristo polaco constituiría el Instituto Juan Pablo II para la familia -un triste 13 de mayo de 1981, día trágico del atentando en el que milagrosamente salvara la vida el futuro santo y gran “Papa de la familia”, como muchos acertadamente han querido llamarlo.  

El hecho es que el Papa Francisco reconoce que esas palabras: “permiso”, “gracias” y “perdón”, aparentemente tan modestas, son necesarias “para vivir bien en familia, para vivir en paz”. Y también anotará el hecho de que “son palabras sencillas, pero no tan sencillas de llevar a la práctica”. En ese sentido una “espiritualidad familiar” ha de comenzar por lo humano, por esas ‘virtudes pequeñas’, ya que “encierran una gran fuerza: la fuerza de custodiar la casa, incluso a través de mil dificultades y pruebas; en cambio si faltan, poco a poco se abren grietas que pueden hasta hacer que se derrumbe” (Relación final del sínodo, n. 87). Y es que, en realidad, esa espiritualidad por así decirlo ‘básica’, como decimos, en realidad es ya cristiana, en el sentido de que pedir permiso al otro, ser agradecido y, sobre todo, pedir perdón son actos humanos que implican ya una buena carga de espiritualidad; actos humanos que, analizados a fondo, sin duda tocan la visión y dimensión cristianas de lo humano.

Puesta la dimensión humana de la familia como base, los padres sinodales, después de hacer ver que “la dimensión espiritual de la vida familiar” se ha de llevar a cabo “a partir del redescubrimiento de la oración en familia y de la escucha común de la Palabra de Dios, de las que brota el compromiso de la caridad [que ha de ser el consiguiente fruto de la oración]”, recuerdan aquella otra enseñanza del magisterio de san Juan Pablo II en su carta apostólica Dies domini sobre la santificación del domingo, en la que el Papa santo dejaba claro que “el principal nutrimento de la vida espiritual de la familia es la Eucaristía”, y “especialmente en el día del Señor, como signo de su profundo arraigo en la comunidad eclesial” (nn. 52 y 66). Por tanto, se invita a poner de relieve la necesidad de la oración en familia, la participación en la liturgia, así como las prácticas de devoción populares, y en especial las devociones marianas, ya que “son medios eficaces de encuentro con Jesucristo y de evangelización de la familia”. La Relación final hace ver también cómo, de hecho, la santidad de los esposos se realiza por medio de todo esto que ellos mismos ponen en práctica como parte de dicha evangelización ad intra, desde dentro de la familia, ya que -podríamos decir- “nadie da lo que no tiene”, o mejor, digámoslo con el Señor mismo: “la boca habla de lo que está lleno el corazón”. Es así como los esposos realizan de verdad “su santidad a través de la vida matrimonial”, al mismo tiempo que de esa manera participan “en el misterio de la cruz de Cristo, que transforma la dificultades y sufrimientos en una ofrenda de amor”. En una palabra, la vida espiritual familiar da sentido a la vida familiar misma, haciendo que en todos sus aspectos y facetas, “alegrías y esperanzas, las tristezas y angustias” (Gaudium et spes, n. 1), sus miembros se santifiquen al ofrecer tanto sus gozos como sus penas, haciendo que todo se convierta en esa “ofrenda de amor” de la que hablan los padres.

Ahora bien, una vez más hay que decirlo con el Papa Francisco: esto se dice rápido y fácilmente; en el día a día requiere mucha virtud, mucho vencimiento de uno mismo, de las propias tendencias egoístas, lo cual requiere precisamente un buen nivel de vida espiritual y de exigencia en la búsqueda del bien y de la santidad de parte de todos los miembros de la familia, comenzando por quienes llevan más camino andado y sobre los cuales recae una mayor responsabilidad de cara al bien integral de la familia, que son los padres mismos.

Dicho esto, y como aspecto con el cual se cierra este apartado, la Relación final toca un punto sobre el cual ha insistido tanto el Santo Padre: la ternura. Se deja en claro que, de hecho, ésta “es el vínculo que une a los padres entre ellos y a éstos con los hijos”. Y se da una definición de ésta: “dar con alegría y suscitar en el otro el gozo de sentirse amado”. Y señalará que “se expresa, en particular, al dirigirse con atención exquisita a los límites del otro, especialmente cuando se presentan de manera evidente” (Relación final del sínodo, n. 88). Ello exige, de hecho, una buena dosis de amor y respeto de la sacralidad del otro, del prójimo, ya que se trata de un acercamiento a los “límites”, a la fragilidad y debilidad ajenas. Pero también se apunta al hecho de que se parte de una mirada atenta. En ese sentido cómo no recordar la ‘filosofía del rostro’ de ese filósofo hebreo tan humano y tan auténtico que fuera Emmanuel Lévinas. En efecto, él insistía en que habría que partir de la contemplación del rostro (visage) del otro para formular una verdadera ética humana en la que estuviera la dignidad de la persona humana. Y yendo más a fondo, de manera especial detrás de esta filosofía subyace la tradición judeocristiana a la que pertenece este filósofo. Así, ya no sólo está la verdad de la “imagen y semejanza”, sino la que nos dice que somos hijos de Dios. Dicha perspectiva hunde así sus raíces en la más genuina visión veterotestamentaria, pero también está permeada de la visión cristina del hombre, aún presente en Occidente a pesar de los evidentes signos contradictorios en la cultura europea de los últimos tiempos. Pero de la mirada se ha de pasar a la relación concreta con el prójimo, a la relación, y más específicamente al campo inmenso del ‘trato humano’.

Como leemos en la Relación final: “Tratar con delicadeza y respeto significa curar las heridas y volver a dar esperanza, a fin de avivar de nuevo en el otro la confianza”, y por ello “la ternura en las relaciones familiares es la virtud cotidiana que ayuda a superar los conflictos interiores y de relación” (Ibid. n. 88). A ese respecto el texto vuelve a una cita expresa del Papa Francisco que vale la pena referir de forma íntegra, tomada de la homilía con ocasión de la Santa Misa de la Noche en la Solemnidad de la Natividad del Señor del 24 de diciembre del 2014, en la que se preguntaba el Santo Padre: “¿Tenemos el coraje de acoger con ternura las situaciones difíciles y los problemas de quien está a nuestro lado, o bien preferimos soluciones impersonales, quizás eficaces pero sin el calor del Evangelio? ¡Cuánta necesidad de ternura tiene el mundo de hoy! Paciencia de Dios, cercanía de Dios, ternura de Dios!” (Cfr. Ibid.).

  1. La familia, sujeto de la pastoral.

Como ya se anotaba más arriba, la Relación subraya el hecho de que no puede haber familia cristiana que evangelice si antes ésta no ha sido evangelizada. Y tal evangelización ha de abarcar los diversos ámbitos relacionales de que consta la familia, a saber: “la unión fecunda de los esposos, la educación de los hijos, el testimonio del sacramento, la preparación de otras parejas al matrimonio y el acompañamiento amistoso a aquellas parejas o familias que están en dificultades.” (Ibid. n. 89). Como podemos ver, son muchos los campos en que una familia “evangelizada” puede y debe llevar a cabo su misión “evangelizadora”. Y es por eso que los padres sinodales subrayarán “la importancia de un esfuerzo evangelizador y catequístico dirigido a la familia” (Ibid.).

Y es por eso también que la Relación insiste en que “han de ser valorados los cónyuges, madres y padres, como sujetos activos de la catequesis”, y esto “especialmente respecto a los propios hijos, en colaboración con sacerdotes, diáconos, personas consagradas y catequistas”. (Ibid.). El término “sujetos de la pastoral” nos recuerda lo que ya san Juan Pablo II decía refiriéndose a los jóvenes en la Encíclica Christifidelis laici sobre cómo éstos debieran considerarlos “simplemente como objeto de la solicitud pastoral de la Iglesia”, ya que “son de hecho -y deben ser incitados a serlo- sujetos activos, protagonistas de la evangelización y artífices de la renovación social” (n. 46). Asimismo la Relación dejará en claro que ese esfuerzo, de evangelización y catequesis de la familia y desde la familia, comienza ya “desde los primeros encuentros serios de la pareja” (Relación final del sínodo, n. 89). Es decir, es necesario ir a la raíz de la evangelización en la familia. Es un hecho incontestable el que si no se da una evangelización de las relaciones originales y primordiales, que son las relaciones de la pareja, en el periodo del noviazgo primero y ya como matrimonio después, difícilmente los esposos podrán transmitir ello a los hijos, y tampoco éstos podrán integrarse en un núcleo de relaciones evangelizadas y evangelizadoras, que son necesarias para que, a su vez, la familia sea precisamente eso: “evangelizada y evangelizadora”. En ese sentido probablemente es necesario revisar a fondo si realmente contamos en la Iglesia con modelos de procesos evangelizadores de los jóvenes con miras a la preparación del matrimonio; puede ser que sí existan, pero otra cosa sería analizar con objetividad y sinceridad si en este rubro estamos haciendo lo necesario. Quizás por las circunstancias de la vida social actual, las ingentes necesidades que la Nueva Evangelización ha de atender y la falta de suficientes sacerdotes que se comienza ya a sentir en algunas partes de nuestro país hacen todavía más difícil atender esta exigencia. Más hemos de encontrar modelos evangelizadores que atajen esta urgencia. Si la familia es la célula fundamental de la sociedad y de la Iglesia -¡es más: la “célula madre” de la sociedad!, como diría S. S. Benedicto XVI en Aparecida-, si el camino de la Iglesia pasa no sólo por el hombre en general, sino específicamente por la familia –como señaló san Juan Pablo II-, entonces hemos de ver en la Iglesia este campo como prioritario. Sólo de esa manera la familia puede ser de verdad “sujeto de la pastoral”. De hecho, es la misma Relación final la que, al final de este apartado, señala que es hora de que la labor pastoral de toda la Iglesia se centre en la familia como sujeto activo de toda la pastoral de la comunidad eclesial: “Toda la comunidad , a condición de que “toda la comunidad cristiana debe convertirse en el lugar donde las familias nacen, se encuentran y se confrontan juntas, caminando en la fe y compartiendo caminos de crecimiento y de intercambio mutuo” (Ibid., n. 89).

Al final del presente apartado la Relación final del sínodo hace una reflexión sobre el “sentido del nosotros” en relación a la comunidad, es decir en relación a la “pertenencia eclesial”; la Iglesia tiene el deber de infundir en las familias dicho ‘sentido’ y ‘pertenencia’, de tal manera que además de que sólo así “ningún miembro es olvidado”, todos y cada uno puede así “desarrollar sus capacidades” y “realizar el proyecto de la propia vida al servicio del Reino de Dios” (Ibid., n. 90). Es interesante esta anotación, la cual rescata la aportación, en esencia, del personalismo y de la filosofía del diálogo: el “nosotros” por encima del “yo”; pero no en la línea de la ideología comunista -y sobre todo marxista-, sino en el sentido de poner la base el sentido relación y comunitario por encima del individualismo y del subjetivismo. El texto lo dice de una manera muy humana y bella, a la vez que existencial: “Cada familia, insertada en el contexto eclesial, ha de redescubrir el gozo de la comunión con otras familias para servir al bien común de la sociedad, promoviendo una política, una economía y una cultura al servicio de la familia, usando también las redes sociales y los medios de comunicación” (Ibid.). Y apuntado hacia una propuesta muy concreta, es interesante que los padres sinodales retomen de alguna forma una intuición en cierta manera profética que ya San Juan XXIII, y pasando por san Juan Pablo II hasta Benedicto XVI, se presentaba a la Iglesia: la necesidad de pequeños núcleos eclesiales vivos, en los cuales se conservase y se viviera a fondo el Evangelio, y desde los cuáles se irradiase una fe viva y operante en medio de una sociedad cada vez más secularizada. De igual manera, la Relación hablará de la conveniencia de “crear pequeñas comunidades de familias” que sean “testigos vivos de los valores evangélicos” (Ibid.). En concreto de lo que se trata es de “preparar, formar y responsabilizar a algunas familias que puedan acompañar a otras a vivir cristianamente” (Ibid.).

En esa misma línea, la Relación no olvida la dimensión ad gentes, a la cual invita a las familias a sumarse. Y esto es lógico, si tenemos en cuenta que la Iglesia es misionera por esencia; en efecto, el mandato misionero de Jesús, ese “Id por todo el mundo…”, es parte esencial de la naturaleza -valga la redundancia- de Su Iglesia. Y por lo tanto, siendo la familia la “célula fundamental” no sólo de la sociedad sino de la misma Iglesia, este aspecto eclesial esencial toca también de lleno a la realidad familiar. En ese sentido, era necesario recordar lo que bien había recalcado con energía san Juan Pablo II en la Redemptoris missio, condenando así las teorías radicales del así llamado “pluralismo religioso” que menguaban la verdad católica que tuvo que recordar con fuerza la Dominus Iesus. En el fondo se trata de un impulso misionero que nace de una consciencia de lo que se es desde la fe, la fe auténtica y verdaderamente católica.

En la última línea del apartado “se señala la importancia de que exista una conexión entre la pastoral juvenil y la pastoral familiar” (Ibid.). Nos parece de suma importancia dicha anotación, pues las circunstancias del mundo moderno y los signos de los tiempos nos invitan y hasta reclaman, quizás, a trabajar más en conjunto entre estas dos pastorales. Es un hecho que antes era posible realizar una buena labor y más específica por separado; pero los tiempos hoy exigen el que se promueva un trabajo conjunto, y por supuesto no sólo por razón de eficacia apostólica, sino por la urgente necesidad que existe de recomponer, regenerar, re-crear los lazos naturales –y también sobrenaturales- entre la juventud y su familia: padres, hermanos, abuelos, parientes todos.

  1. La relación con las culturas y las instituciones.

Aquí se retoma el tema de la naturaleza misionera de la Iglesia, aunque yendo más directamente al tema de las culturas. El tema se abre con una cita de la Gaudium et spes (n. 58), en la que se afirma que la Iglesia ha llevado el mensaje de Cristo “en el transcurso de la historia” y “en variedad de circunstancias”, y “ha empleado los hallazgos de las diversas culturas para difundir y explicar el mensaje de Cristo en su predicación a todas las gentes, para investigarlo y comprenderlo con mayor profundidad para expresarlo mejor en la celebración litúrgica y en la vida de la multiforme comunidad de los fieles”. En ese sentido, en este apartado se valora el aporte genuino de las culturas, se pide el que se las tenga en cuenta así como “respetar sus particularidades” (Relación final del sínodo, n. 91). Y también es de notar la cita que la Relación hace de la Evangelii nuntiandi de Pablo VI, donde el beato Papa hablaba de “la ruptura entre el Evangelio y la cultura” como “el drama de nuestro tiempo, como lo fue también en otras épocas”, por lo cual pedía que se hicieran “todos los esfuerzos con vistas a una generosa evangelización de la cultura, o más exactamente las culturas” (n. 20). Apoyándose en ello, la Relación pide a la pastoral matrimonial y familiar que aprecie “los elementos positivos que se encuentran en las diversas experiencias religiosas y culturales, los cuales representan una ‘preparatio evangelica’” (Relación final del sínodo, n. 91). Con esta alusión el Sínodo no hace sino recordar la obra de los Santos Padres, quienes supieron precisamente apreciar y valerse de los numerosos elementos de verdad e incluso de santidad que se pueden encontrar en otras culturas y tradiciones religiosas más allá del cristianismo; así mismo, recogen cuanto el Concilio Vaticano II ha enseñado sobre el tema (cfr. Lumen Gentium, 16-17; Ad gentes, 9 y 11; Nostra aetate). Ahora bien, cabe decir que para una correcta interpretación del Concilio en esta materia y para una mayor precisión, es necesario recurrir al documento de la Comisión Teológica Internacional, aprobado por la Congregación para la doctrina de la fe, El cristianismo y las religiones, del 1996 (Cfr. nn. 40-48), enseñanza que se conserva y se profundiza, ampliándola al tema de la Iglesia, en la ya referida Declaración Dominus Iesus, sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia, documento magisterial que podemos considerar como definitivo en la materia.

Ahora bien, es por cuanto se viene diciendo que la Relación también señalará el hecho de que “en el encuentro con las culturas, sin embargo, una evangelización atenta a las exigencias de la promoción humana de la familia no puede dejar de denunciar con franqueza los condicionamientos culturales, sociales, políticos y económicos” (Relación final el sínodo, n. 91). Así deja claro que no todo elemento cultural, por el simple hecho de serlo, representa un valor. Existen “condicionamientos”, es decir elementos que no dejan en libertad al espíritu humano para que pueda éste desplegarse hacia la verdad completa y el Ideal. Ciertamente en este apartado los padres sinodales han querido señalar de manera particular el aspecto de la economía, pues afecta de manera rotunda a la familia, ya que dada “la creciente hegemonía de la lógica del mercado”, que “sacrifica los espacios y tiempos de una auténtica vida familiar”, al mismo tiempo que “contribuye a agravar la discriminación, la pobreza, la exclusión y la violencia” (Ibid.). En ese sentido el sínodo se hace solidario con las familias que sufren males sociales causados por susodicha “lógica” de tiranía en el campo económico, a saber “el desempleo”, “la precariedad laboral” o “la falta de asistencia sociosanitaria”, además de que tristemente con frecuencia, sucede que muchos, “al no tener acceso al crédito, caen víctimas de la usura”, llegando a verse obligados “a abandonar sus casas e incluso a sus hijos”; por ello “se sugiere crear estructuras económicas de sostén adecuado para ayudar a estas familias o capaces de promover la solidaridad familiar y social” (Ibid.).

El apartado se cierra con una reflexión que parte de una afirmación que del Concilio Vaticano II propuso y que en los últimos papados se ha confirmado con fuerza creciente: La familia es “la célula primera y vital de la sociedad” (Apostolicam actuositatem, n. 11). Es por ello que la Relación invita a la familia a “redescubrir su vocación a sostener la vida social en todos sus aspectos”, para lo cual “es indispensable que las familias, agrupándose, encuentren modalidades para interaccionar con las instituciones políticas, económicas y culturales, a fin de edificar una sociedad más justa” (Relación final del sínodo, n. 92). Nos parece que con esto volvemos al tema ya mencionada de los pequeños núcleos de cristianismo auténtico que preveían los últimos pontífices como el futuro de la Iglesia en una sociedad secularizada. Lo que sí es necesario es ese “agruparse” de las familias, tanto en los grupos y asociaciones parroquiales como en los movimientos laicales, en especial aquéllos con ‘carisma de familia’ -como se suele decir en ámbito eclesial-, para poder hacer frente a los ambientes e ideologías agresivas que han de enfrentar en el mundo de hoy. Eso no quiere decir, en absoluto, que dichos grupos de familias se han de aislar del mundo; todo lo contrario. De hecho los padres sinodales insisten en que “hay que entablar un diálogo y una cooperación con las estructuras sociales”, y por eso se proponen “alentar y sostener a los laicos que se comprometen, como cristianos, en el ámbito cultural y sociopolítico” (Ibid.).

En este mismo número la Relación señala algo que tiene una aplicación muy actual y por demás concreta en nuestras sociedad, y en particular en nuestro país, México, por cuanto hemos vivido durante las últimas semanas con respecto a la iniciativa de ley que ha introducido recientemente el Ejecutivo al Senado de la República sobre el tema del así mal llamado derecho al “matrimonio igualitario”, así como la adopción de menores por parte de parejas del mismo sexo y otros temas afines a éstos. Como hemos también podido constatar, ante estas anomalías de la política, la respuesta de la Iglesia católica, así como de otras Iglesias y grupos religiosos y asociaciones de valores y mujeres y hombres de buena voluntad, no se ha hecho esperar; y, de hecho, esperamos que siga ésta creciendo y haga valer sus derechos en base a la sana razón que se acote a la ley natural, es decir a la ética que se desprende directamente de la naturaleza humana misma. Es por ello que también se anota con claridad que “la política debe respetar en particular el principio de subsidiariedad y no limitar los derechos de las familias”; y se añade que “a este respecto es importante considerar la ‘Carta de los derechos de la familia’”, del Pontificio Consejo para la Familia, del 22 de octubre de 1983, así como “la ‘Declaración universal de los derechos humanos’”, del 10 de diciembre de 1948 (Ibid.).

Y acto seguido, el documento dice: “Para los cristianos que trabajan en la política el compromiso por la vida y la familia debe ser una prioridad, ya que una sociedad que deja de lado la familia pierde su apertura al futuro” (Ibid.). En verdad tal afirmación es preciosa y precisa. En efecto, la Relación no titubea en afirmar que es hora de eliminar la dicotomía falaz que se ha venido reafirmando desde el nacimiento del racionalismo hasta nuestros días, y especialmente por el racionalista ateo así como especialmente por los enemigos más o menos ocultos de la Iglesia, que han pretendido obligar un supuesto derecho de la sociedad para que la religión, y de manera especial los católicos, se reserven sus principios y convicciones para el ámbito de lo privado, como si -como se suele decir- las cuestiones de la fe se debieran dejar entre paréntesis al salir de los espacios de culto. Más bien es todo lo contrario: la fe es para la vida, incluida -y quizás de manera especial y prioritaria- para la vida pública, y por lo tanto también política. Y esto porque la “política”, si nos atenemos a su raíz etimológica y a su acepción más genuina y auténtica, no es sino -¡debiera serlo!- una vocación muy alta, muy noble, pues busca el bien común de la sociedad. En realidad es una de las vocaciones que debieran echar sus raíces de manera primordial en la virtud de la caridad. Ahora bien, el bien común al que está llamada la Política por vocación es propiamente el bien integral; y el bien integral de la sociedad, que está compuesta por personas humanas, incluye el bien propiamente trascendente -¡y no es el menor de los bienes, sino el mayor!-, es decir la libertad religiosa, porque el hombre es religioso por naturaleza, es decir en su propio ser tiende a la trascendencia, y necesita tender a ello. Como decía el filósofo de la esperanza, Gabriel Marcel, convertido al catolicismo, el hombre se define como ser siempre más. En la espiritualidad y místicas cristianas queda claro que el hombre está llamado a la perfección, respondiendo así al mandato de Jesucristo: “Sed perfectos como vuestro padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48). Ahora bien, tal perfección abarca todas las dimensiones de la vida del hombre, de la persona humana, del cristiano. Y la vida social, cuyo orden y sano ordenamiento depende de la Política, la vocación política, es parte integral, y de manera muy especialmente, la vida en sociedad, pues, como bien hacía notar Aristóteles, el hombre es un ser social por naturaleza, y está llamado no sólo a vivir en sociedad sino en verdadera “amistad”, ayudando a los demás y dejándose ayudar de ellos en orden a alcanzar su fin terrenal. El cristianismo, y de manera especial en egregios autores como santo Tomás de Aquino, como bien sabemos, supieron tomar y ahondar en tal sabiduría filosófica, con la ayuda de la fe cristiana, de forma que pudieran así vislumbrar con gran penetración y amplitud la vocación más alta del hombre en todo su esplendor ya iniciada en esta vida.

Como anotación final del apartado se señala la dimensión ecuménica del trabajo que pueden desarrollar en varios campos específicos en que “las asociaciones familiares” católicas, “comprometidas con otras tradiciones cristianas”, realizando un “trabajo conjunto”, pueden hacer un gran bien, pues “tienen entre sus principales objetivos: la promoción y la defensa de la vida y la familia, la libertad de enseñanza y la libertad religiosa, la armonización entre el tiempo de trabajo para la familia, la defensa de las mujeres en el trabajo, y la tutela de la objeción de conciencia” (Ibid.).

  1. La apertura a la misión.

Finalmente, antes de pasar a la conclusión la Relación hablará en el último apartado de la dimensión misionera de la familia. Y esto porque “la familia de los bautizados es por su naturaleza misionera y acrece su fe dándosela a los demás, primero de todo a los propios hijos” (Relación final del sínodo, n. 93). Esta anotación nos parece preciosa, pues nos recuerda algo que por lo general se da por descontado: la evangelización por la casa empieza. En efecto, son los papás católicos los primeros evangelizadores de sus propios hijos, deben serlo. Pues si no lo son con los propios, mucho menos lo serán con los extraños. Y dado que por lo general el ser humano aprende los primeros hábitos de vida -y sobre todo los hábitos fundamentales que le ayudarán a realizarse en cuanto persona humana durante su vida-, durante la niñez y la primera juventud, si no lo hace entonces difícilmente será después en su madurez un evangelizador, es decir un cristiano auténtico, convencido de su vocación y consciente de su misión. ‘Nadie da lo que no tiene’; nadie puede dar lo que no ha aprendido y asimilado. Después de una o dos generaciones que olvidaron esto, hoy contamos con adultos jóvenes que no viven en absoluto su dimensión religiosa, y específicamente cristiana, de manera estable, como un “habitus”, sino de manera muy superficial y, en el mejor de los casos, sólo de forma esporádica. Por ello es necesario y urgente cobrar consciencia de esta necesidad imperiosa anotada por los padres sinodales. Y para ello la Iglesia toda debe tener en cuenta esto, pero de manera especial los sacerdotes debemos insistir en este enfoque al tratar y pastorear, precisamente al evangelizar a las familias en los ámbitos de la parroquia y de los movimientos eclesiales, especialmente aquéllos que poseen predominantemente un ‘carisma de familia’, como se suele decir hoy día. A esto sigue otra indicación valiosa: “El hecho mismo de vivir la comunión familiar es su primera forma de anuncio”, de anuncio del Evangelio, pues -se insiste- “la evangelización comienza en la familia, en la que no sólo se transmite la vida física, sino también la vida espiritual” (Ibid.). Si esto ha sido siempre verdad, hoy se impone aun con mayor fuerza. Han quedado atrás los tiempos en que nuestra sociedad era cristiana en esencia, y por lo tanto la cultura lo era también; la matriz de la misma era ésa. Hoy día, en que la cultura se está tornando cada vez más laica y laicizante, en verdad secularizada y no siempre sanamente pluralista, se debe subrayar susodicha necesidad. Las familias, los padres de familia, no pueden dar por supuesto esto, ni han de dejar, como antes, la labor específica y propiamente evangelizadora a la escuela católica o a la parroquia o ámbitos netamente evangelizadores como lo son los grupos y movimientos de Iglesia. Esto ya no es suficiente, dadas la agresividad del secularismo y de esa mentalidad -de la que hablábamos antes- que tiende a confinar lo religioso y ‘confesional’ al ámbito privado. El “anuncio”, pues, ha de comenzar en casa.

Por otra parte, provoca una profunda alegría el que la Relación final recuerde el hecho de que los abuelos son roca fundamental en esta misión evangelizadora dentro y desde la familia; dice así: “No se debe olvidar el papel de los abuelos en la transmisión de la fe y de las prácticas religiosas: son testigos del vínculo entre las generaciones, custodios de tradiciones de sabiduría, oración y buen ejemplo” (Ibid.). Ciertamente ya el gran Papa de la familia, san Juan Pablo II, había llevado a cabo una fuerte revalorización de la figura de los abuelos y su importancia vital y trascendente en la transmisión de la verdad y sabiduría, de consolidado cristianismo, no sólo a los hijos sino a los hijos de los hijos y a las generaciones futuras; bastaría recordar cuanto decía al respecto en la Carta a las familias de 1994. En una sociedad que tiende desde hace tiempo a relegar a los abuelos -y hemos de decir a los bisabuelos, dada el alargamiento de la ‘esperanza de vida’ debida a las nuevas condiciones de vida y de trabajo y a los avances de la medicina- a los asilos de ancianos y casas de reposo, esta indicación del Sínodo se presenta como preciosa y trascendente.

Habiendo completado de esa manera el papel que cada uno de los miembros de la familia tiene en la evangelización ad intra y ad extra de la familia, este número afirmará que “de esta forma la familia se convierte en sujeto de la acción pastoral mediante el anuncio explícito del Evangelio” (Ibid.). El adjetivo no es ocioso, pues hace ver cómo no basta -y mucho menos hoy- un vago fondo de cristianismo o de cultura cristiana en la familia, en los grupos humanos o en la sociedad en general. No, la evangelización ha de ser explícita, es decir consciente y formal, pues, como hemos venido diciendo, el ambiente y circunstancias sociales actuales lo hacen necesario e indispensable. Como bien anotaba san Juan Pablo II, así como su sucesor Benedicto XVI, el Evangelio debe imbuir la cultura; es más, debe generar, crear una cultura. Una cultura que, precisamente, es una cultura cristiana. Una cultura purificada lo más posible del lastre del pecado original, el cual también se transforma en estructuras, pues las sociedades y las culturas están compuestas por seres humanos, éstos necesitados de redención y continua purificación. Una purificación que nace del interior, una purificación profunda. Esto es lo que la Iglesia católica, en su historia milenaria, ha llevado a cabo en el mundo. Sólo que hoy esta labor y misión es más ardua, debido al grado no sólo de secularización, sino de verdadera deshumanización -filósofos contemporáneos serios como Luc Ferry (exministro de educación y cultura en Francia), hablarán incluso de una “revolución del transhumanismo”, o incluso de un posthumanismo (Alain Filkielkraut, Fabrice Hadjadj y otros más); en sentido negativo bastarían las aberraciones que propaga un supuesto filósofo de lo humano (más bien debiéramos decir de ‘lo animal’) como Richard Dawkins- que asola las sociedades, a los pueblos, y en general al mundo entero. No por nada el santo Papa polaco vislumbró y llamó a una nueva evangelización, a una re-evangelización del mundo. En esto hemos de poner nuestros mejores talentos en la Iglesia, recordando, por una parte, que la misión nunca ha sido fácil, pero, por otra parte, y sobre todo, siendo plenamente conscientes de que es Dios y Su Gracia, y no tanto nosotros, quienes llevan a cabo la obra de sanación y elevación del hombre, de los corazones humanos, del mundo.

Y aquí la Relación final recuerda la dimensión primera y fundamental, base de todas las demás, y condición sine qua non se puede dar una verdadera y auténtica evangelización: el testimonio, pues como decía ya el beato Pablo VI, también en Evangelii nuntiandi, lo que el mundo espera -más aun, exige- son testigos más que maestros. Así pues, “testimonio”, o mejor: “esas múltiples formas de testimonio, entre las cuales” se encuentran “la solidaridad con los pobres, la apertura a la diversidad de las personas, la custodia de la creación, la solidaridad moral y material hacia las otras familias, sobre todo hacia las más necesitadas, el compromiso con la promoción del bien común”; y se añadirá -en la línea de cuanto veníamos diciendo antes-: “incluso mediante la transformación de las estructuras sociales injustas, a partir del territorio en el cual la familia vive, practicando las obras de misericordia corporal y espiritual” (Ibid.). Por nuestra parte, nos atrevemos a decir que ese “incluso” sale sobrando. Porque es ahí donde hemos de apuntar, como ya anotábamos, a la transformación de la cultura, a la generación de una real cultura cristiana. El reto es enorme, la meta muy alta, pero es Dios quien lo pide, y es Él también quien da la fuerza. Porque, como decía san Juan Pablo II en su último gran best-seller “Memoria e identidad”: “El límite impuesto al mal es la misericordia”; él, que canonizó a Santa Faustina Kowlaska y que mostró la necesidad de la misericordia divina para el hombre, especialmente en nuestros tiempos.

Y no por nada ahora el Papa Francisco insistirá en que ello es lo esencial, pues la misericordia, para él, es el mismo ser de Dios. Así se cierra también la Relación final del sínodo sobre la familia. Y es ésta en la que se aprende, se vive y se transmite esta virtud esencial del Cristianismo, y es desde la familia cristiana que, finalmente, vendrá la renovación y redención del mundo moderno.

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