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FAMILIA Y ACOMPAÑAMIENTO PASTORAL

Doctorado en Filosofía
Rector Universidad Anáhuac Norte

Cuando Juan XXIII convocó el Concilio Vaticano II, es muy probable que no supiera que solo veía el horizonte del camino pero no el final del mismo. Coincidentemente el Papa Bueno había promulgado unos meses antes la encíclica Mater et Magistra y en ambos documentos aparece una misma preocupación: la Iglesia no se puede desinteresar de lo que sucede en la ciudad humana: baste para ello comparar estos dos párrafos, tomado el primero de la encíclica y el segundo de la bula:

1. Madre y Maestra de pueblos, la Iglesia católica fue fundada como tal por Jesucristo para que, en el transcurso de los siglos, encontraran su salvación, con la plenitud de una vida más excelente, todos cuantos habían de entrar en el seno de aquélla y recibir su abrazo. A esta Iglesia,columna y fundamente de la verdad(1Tim3,15), confió su divino fundador una doble misión, la de engendrar hijos para sí, y la de educarlos y dirigirlos, velando con maternal solicitud por la vida de los individuos y de los pueblos, cuya superior dignidad miró siempre la Iglesia con el máximo respeto y defendió con la mayor vigilancia.

A lo que añade la bula:

5. Por lo que a la Iglesia se refiere, ésta no ha permanecido en modo alguno como espectadora pasiva ante la evolución de los pueblos, el progreso técnico y científico y las revoluciones sociales; por el contrario, los ha seguido con suma atención. Se ha opuesto con decisión contra las ideologías materialistas o las ideologías que niegan los fundamentos de la fe católica. Y ha sabido, finalmente, extraer de su seno y desarrollar en todos los campos del dinamismo humano energías inmensas para el apostolado, la oración y la acción, por parte, en primer lugar, del clero, situado cada vez más a la altura de su misión por su ciencia y su virtud, y por parte, en segundo lugar, del laicado, cada vez más consciente de sus responsabilidades dentro de la Iglesia, y sobre todo de su deber de ayudar a la Jerarquía eclesiástica.

El empuje del Vaticano II parece resonar en el Sínodo de los Obispos sobre la Familia: la Iglesia no puede ser una espectadora pasiva o un señalador indiferente. La Iglesia tiene que velar con maternal solicitud y desarrollar las energías inmensas que le pide el mundo presente. Es por esto mismo que el documento del sínodo resume estas intuiciones del Papa Juan en dos palabras que han ido tomando fuerza desde entonces y que en cierto sentido eran la identidad de la pastoral familiar según afirmaba Juan Pablo II: Por ello hay que subrayar una vez más la urgencia de la intervención pastoral de la Iglesia en apoyo de la familia. Hay que llevar a cabo toda clase de esfuerzos para que la pastoral de la familia adquiera consistencia y se desarrolle, dedicándose a un sector verdaderamente prioritario, con la certeza de que la evangelización, en el futuro, depende en gran parte de la Iglesia doméstica. (…) La acción pastoral de la Iglesia debe ser progresiva, incluso en el sentido de que debe seguir a la familia, acompañándola paso a paso en las diversas etapas de su formación y de su desarrollo. (Familiaris Consortio 65).

Pero en nuestra sociedad moderna, ¿qué es el acompañamiento pastoral? A lo largo de los nn. 69 a 81 la declaración del sínodo desenvuelve la intuición de lo que debe ser este acompañamiento y nos lo ofrece como herramienta para poder sembrar en las diversas realidades que entretejen la vida familiar. En este sentido, el número 77 nos ofrece siete elementos que dibujan el acompañamiento pastoral. Estos elementos son: hacer propias las vicisitudes de la familia, compartir con afecto lo que la familia vive, mantenerse cerca de la familia, asumir una actitud sabiamente diferenciada en las acciones que se llevan a cabo, reconocer el ritmo del otro, unir el respeto y la compasión y orientarse a sanar, liberar y alentar a la maduración en la vida cristiana.

Cada uno de estos rasgos nos permiten descubrir que el acompañamiento es algo muy dinámico que no se confunde con la indiferencia, que solo toma nota de la situación y no se orienta a la acción, ni con la falsa tolerancia que no se orienta a una elevación del otro hacia un ideal que se considera superior. Es interesante profundizar en estos rasgos que son en cierto sentido no solo una guía de trabajo, sino también un examen de conciencia.

Los siete elementos del acompañamiento nos enseñan en primer lugar no a mirar la realidad, sino a mirar el corazón. Esto podría parecer que va en contra de muchas de las metodologías, incluso en contra de la tan usada del ver, juzgar y actuar. Antes de ver tenemos que revisar nuestra mirada. Es lo que nos transmitía el Papa Francisco en su discurso pronunciado en la Catedral Metropolitana de México: Como hizo San Juan Diego, y lo hicieron las sucesivas generaciones de los hijos de la Guadalupana, también el Papa cultivaba desde hace tiempo el deseo de mirarla. Más aún, quería yo mismo ser alcanzado por su mirada materna. He reflexionado mucho sobre el misterio de esta mirada y les ruego acojan cuanto brota de mi corazón de Pastor en este momento. Si no se da este dejarse alcanzar por la mirada de Maria que refleja la ternura de Dios, el pastor puede siempre estar en el grave riesgo de perder la propia identidad como abundo en esa misma ocasión el sucesor de Pedro: Naturalmente, por todo esto se necesita una mirada capaz de reflejar la ternura de Dios. Sean por lo tanto obispos de mirada limpia, de alma transparente, de rostro luminoso. No le tengan miedo a la transparencia. LaIglesia no necesita de la oscuridad para trabajar. Vigilen para que sus miradas no se cubran de las penumbras de la niebla de la mundanidad; no se dejen corromper por el materialismo trivial ni por las ilusiones seductoras de los acuerdos debajo de la mesa; no pongan su confianza en los «carros y caballos» de los faraones actuales, porque nuestra fuerza es la «columna de fuego» que rompe dividiendo en dos las marejadas del mar, sin hacer grande rumor (cf. Ex 14,24-25). Es la mirada interior la que nos hace pastores que acompañan o simples funcionarios que abren su cortinilla en un horario laboral.

Así el corazón de pastor comienza por hacer propio el ámbito de las personas a las que se quiere acompañar. Propio significa que en ello yo me pongo a mí mismo, a ejemplo de Jesus que nos decía: nadie me quita la vida, yo la doy por mí mismo y tengo poder para darla y volverla a tomar. Es el mandato que del Padre he recibido (JN 10, 18). Hacer propias las vicisitudes de la familia es el rasgo primario, que nos llena de proactividad en el camino que se hace con las personas que la componen. Esta apropiación tiene un rasgo especial: el afecto. El afecto durante mucho tiempo se ha visto como un enemigo de la relación del sacerdote con la comunidad encomendada, porque solo se veía su dimensión de apego, o incluso de peligro para la propia vocación. Sin embargo cada vez queda más claro que no puede haber pastor verdadero sin afecto por su pueblo, por sus familias, por las personas. El afecto es el modo en que el pastor se relaciona con la familia, porque es el único modo de llevar a cabo una auténtica relación interpersonal. Como reafirma el Papa Francisco: la única fuerza capaz de conquistar el corazón de los hombres es la ternura de Dios. Aquello que encanta y atrae, aquello que doblega y vence, aquello que abre y desencadena no es la fuerza de los instrumentos o la dureza de la ley, sino la debilidad omnipotente del amor divino, que es la fuerza irresistible de su dulzura y la promesa irreversible de su misericordia. El afecto es lo que lleva a compartir de verdad lo que la familia vive, pues el afecto es lo que permite que el pastor interiorice aquello que ante sus ojos puede ser una llamada de auxilio, o una petición de consejo, o una demanda de solidaridad. No puede haber, si así pudiéramos expresarnos, pastores extrínsecos, pastores que lo son solamente “por fuera”. Ser pastor por dentro es ser pastor que acompaña con afecto.

De este modo el acompañamiento se hace cercanía. Ciertamente la primera cercanía es la física, pero la que llena de sentido, es la cercanía espiritual. Estar cerca no es solo una condición, como el hecho de que nuestras parroquias estén enclavadas en medio de las comunidades que atendemos y cerca de las familias que nos necesitan. Estar cerca es una decisión. La decisión de no alejarse del otro pase lo que pase, la decisión de estar a su lado en cualquier incidencia. La decisión que se transmite al otro como una certeza: yo estoy siempre cerca. A veces escuchamos a alguien decir que se encuentra lejos de Dios, o que su familia está lejos de Dios. El acompañamiento pastoral es el ofrecimiento de que Dios y uno mismo como pastor nunca estamos lejos de nadie. Parafraseando al Papa Francisco podemos decir que siempre es necesario superar la tentación de la distancia, descubrir el catálogo de las propias distancias, de la frialdad y de la indiferencia, y de la autorreferencialidad. Guadalupe nos enseña que Dios es familiar en su rostro, que la proximidad y la condescendencia -agacharse, acercarse- pueden más que la fuerza, que cualquier tipo de fuerza.

De estas dos dimensiones interiores puede surgir una de las grandes virtudes del acompañante de la familia: la sabia diferencia de las acciones que se han de llevar a cabo. En definitiva no puede haber acompañamiento sin prudencia autentica que nos diga cuando hablar y cuando callar, cuando actuar y cuando detenerse, cuando proponer y cuando esperar. La sabiduría es un rasgo esencial de quien acompaña, porque la sabiduría enseña a poner todas las realidades, todas las acciones, todas las circunstancias, al servicio de algo más importante: el plan de Dios sobre la familia. Nunca podremos tener un auténtico acompañamiento sin la sabiduría, a la que también el podemos dar el nombre de prudencia, pues nos dice desde una luminosa razón, cual es la acción que se debe asumir en cada momento. Como nos dice la teología católica, la sabiduría ilumina de un modo divino, sapiencial y experiencial, el conocimiento que el creyente tienede Dios y de todas las cosas creadas,haciéndole conocer a éstas en Dios, que es su última causa. Quizá podríamos haber olvidado la hondura de esta última frase: conocer a todos en Dios como su última causa. Este el modo verdadero de conocer a la persona y de conocer a la familia, lo que nos permite descubrir siempre su dignidad y su destino eterno, lo que nos hace saber que no es la situación actual la última palabra sobre el ser humano o la comunidad familia, sino Dios mismo. Y esto llena de capacidad de ir siempre más allá del inmediatismo miope.

Esta actitud de sabiduría es el requisito central del cuarto elemento del acompañamiento pastoral de la familia: saber ir al ritmo del otro. La impaciencia es el principal enemigo de quien tiene la misión de acompañar, pues la impaciencia hace que se caiga en la imposición, el afán de dominio, una falsa primacía de la verdad, la ceguera de la verdadera necesidad de la persona o de la comunidad. Ciertamente ir al ritmo del otro no es fácil, pues todos tenemos la experiencia de ver con claridad la meta y constatar que aquel a quien acompañamos se encuentra con los ojos puestos en otra parte. Pero el ritmo del otro es lo único que garantiza que se superen de verdad los condicionamientos, los miedos, los frenos que de modo consciente o inconsciente atenazan su persona. Cada persona tiene su ritmo porque cada persona tiene su historia. Esto no implica diluir la objetividad del bien y del mal, ni tampoco el fomentar lo que sabemos que no está bien. Se trata de ejercer de modo constante un trabajo de certificación de los cimientos sobre los que la personalidad del otro, su desarrollo, su capacidad, nos permite construir. Esto es quizá lo más costoso para el pastor, pero es lo más beneficioso para el acompañado. Podemos señalar pero solo cada uno puede descubrir, podemos iluminar, pero solo cada uno puede abrir los ojos. Este aspecto del acompañamiento requiere de una gran visión de fe y de una oración muy confiada por parte del pastor, que sabe que los caminos de Dios no son siempre los propios caminos.

Llegamos así al quinto elemento que tiene mucho que ver con el anterior. No es posible ir al ritmo del otro si no sembramos en nuestra relación de acompañamiento pastoral el respeto y la compasión. Ambos elementos son dos caras de una misma moneda, pues ambos hacen énfasis en el valor de la persona. Mientras el respeto descubre el valor de la persona, de la comunidad familiar, de la relación comunitaria en la luz de la dignidad, la compasión descubre ese mismo valor en la luz de la fragilidad. El respeto es el fruto de haber descubierto algo valioso. Y en toda relación de comunidad familiar, se constituya ésta en el modo en que se constituya, siempre tenemos que partir de la dignidad de las personas. A veces es muy fácil partir solamente de la ética: del bien que se debe hacer o del mal que se debe evitar. Pero la ética no tiene sentido si no es desde la antropología, es decir desde la persona. No podemos enseñar la moral si no descubrimos la persona. Solamente cuando descubrimos que esa persona es valiosa la podemos acompañar de verdad, porque la acompañamos desde el respeto. Y es desde esta misma dignidad desde donde vemos que no siempre se lleva a cabo la plenitud de la vocación a la que cada ser humano y cada comunidad familiar es llamada. Y por ello es necesaria la compasión que no se debe entender como un sentimiento de pena que rebaja, sino como la constatación de una dignidad que puede elevarse más alto de donde ahora se encuentra, una situación con la que empatizamos y que nos hace comprometernos a hacer lo que este de nuestra parte para que camine hacia su plenitud.

Así llegamos a las dos últimas dimensiones del acompañamiento autentico. El acompañamiento es dinamismo decíamos al inicio y por ello la compasión y el respeto no se petrifican en la constatación de lo que descubren. La compasión se hace sanación y liberación, se hace esfuerzo por curar lo herido en la persona o en la familia, se hace palabra y acción para eliminar lo que lastima, lo que oprime, lo que envilece, lo que rebaja. Y así libera, es decir orienta de nuevo hacia el bien de la persona, hacia la riqueza de la comunidad. La libertad es la capacidad de elegir lo bueno. Ser libre es tener esta capacidad. En situaciones donde parece que solo se puede elegir el mal y por lo tanto caer en la esclavitud, el pastor que acompaña, al sanar rompe cadenas, elimina atavismos, quiebra determinismos que impedían a la comunidad familiar elegir de nuevo lo bueno. Una vez llevado a cabo este proceso (que obviamente no es algo lineal sino en creciente espiral) se produce la apertura a la maduración de la vida cristiana de la familia. El acompañante alienta siempre a esta maduración, es decir a ser capaces de corresponder al don recibido al ser llamados a vivir como Hijos del Padre, Hermanos de Cristo y Templos del Espíritu Santo. A vivir la vida trinitaria en la comunión familiar. La maduración no se alcanza, se construye en proceso que desemboca en la eternidad. Madurar es poder caminar por sí mismo y hacerse responsable de modo personal del don recibido. Y esta es la corona del acompañante, no hacer dependientes, sino hombres y mujeres que por sí mismos desarrollan la plenitud de los hijos de Dios en sus personas y en su comunidad familiar.

Como conclusión solo quiero destacar lo que en la exhortación post sinodal Amoris Laetitia n 308 nos comparte el Santo Padre, gran maestro y gran pastor, gran compañero de la humanidad y de la familia del siglo XXI: « sin disminuir el valor del ideal evangélico, hay que acompañar con misericordia y paciencia las etapas posibles de crecimiento de las personas que se van construyendo día a día », dando lugar a « la misericordia del Señor que nos estimula a hacer el bien posible ».355 Comprendo a quienes prefieren una pastoral más rígida que no dé lugar a confusión alguna. Pero creo sinceramente que Jesucristo quiere una Iglesia atenta al bien que el Espíritu derrama en medio de la fragilidad: una Madre que, al mismo tiempo que expresa claramente su enseñanza objetiva, « no renuncia al bien posible, aunque corra el riesgo de mancharse con el barro.

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